LA REALIDAD NO EXISTE
Marzo 22, 2008 por manoloprofe
Este artículo de Tomás Eloy Martínez dice todo cuanto hay que decir y más. Ojalá Argentina no termine siendo el espejo en el que miramos nuestro futuro cercano, ése que nos recuerda un pasado no tan lejano.
POR TOMÁS ELOY MARTÍNEZ
LA NACIÓN, ARGENTINA
Cada vez que regreso a la Argentina, después de varios meses de ausencia, tengo la impresión de que la realidad está librando una batalla sin término con los sentidos. Ya mi primer día en el país es una fuente de sorpresas, porque mientras el índice oficial de inflación señala que los precios aumentaron alrededor de un cuatro por ciento en los últimos cuatro meses, advierto (es una sensación) que el peso ha creado la ilusión de valer, otra vez, lo mismo que el dólar: lo que antes costaba uno, ahora cuesta tres. De todos modos, los precios se mueven al ritmo de una brújula enloquecida. Ya nada de lo que fue ayer sigue hoy en su lugar, y nada será lo mismo mañana. Los mercados y la calle deparan todos los días lecciones involuntarias de filosofía. Los funcionarios del Gobierno afirman que los números son un laberinto inalcanzable para las inteligencias comunes, y quizá tienen razón: los números son abstracciones y, por lo tanto, sólo existen dentro de la mente. Hace cuarenta años, se vivió en el semanario Primera Plana una historia que puede ayudar a entender ese enigma. El editor de la revista, Victorio Dalle Nogare, advirtió cierto día un drenaje severo en las ganancias. Sus cálculos indicaban cifras muy superiores a las que se asentaban en los libros de contabilidad. Las computadoras eran entonces inimaginables y los datos se confiaban a las falibles máquinas de sumar. Dalle Nogare quiso asegurarse de que sus percepciones no lo engañaban y llamó al contador. Cotejó con él cada una de las entradas y salidas de dinero, midió y volvió a medir la temperatura de los gastos, revisó los índices de ventas, volvió a leer todos los recibos y, a medida que avanzaba en el balance, se asombraba más y más. “Observe acá”, le decía al contador, con espíritu docente. “Por este aviso, hemos recibido cien mil pesos. En los libros, está escrito cien.” “Lo que está escrito es lo que es”, porfiaba el contador. “No invente lo que no es. No me tome por idiota. No estoy soñando”, insistía Dalle Nogare. “No le digo que esté soñando, señor. Le repito que lo que está, es.” El editor perdió la paciencia. Alzó un puñado de recibos y dijo, conteniendo la indignación: “No discuta. Vea la realidad. La tengo aquí, en mis manos”. Sin perder la calma, el contador respondió: “La realidad no existe, señor Dalle Nogare”. Por esos mismos días, Borges y Bioy Casares postularon en una de las mejores crónicas de H. Bustos Domecq que la realidad es innecesaria. Se puede imaginar una realidad paralela o contigua a la que todos conocemos y, si alguna autoridad la canoniza, no faltará la gente que la dé por verdadera. En el relato de Borges y Bioy desaparecían los estadios y los jugadores de fútbol, pero los partidos se jugaban como siempre y los hinchas los seguían con la misma pasión. Los goles, los tiros de esquina, las expulsiones, los penales, todo se creaba en los despachos de los clubes. La realidad no existía fuera de las transmisiones de radio (entonces sólo había radios) y de las redacciones deportivas de los diarios. En este principio de milenio, la Argentina sigue siendo fiel a ciertas negaciones del siglo anterior. Los contratos de alquiler están renovándose en Buenos Aires a valores que duplican los de los contratos vencidos, aunque el Indec asegura que el aumento es de sólo cuatro por ciento. Y si se compara lo que se pagaba en diciembre de 2007 en los supermercados con lo que se paga ahora, aparecen ciertas oscilaciones inesperadas –algunas en las antípodas de lo que informan las fuentes oficiales– en los precios de la papa, de los huevos, de los fideos secos, del pan, de las legumbres. En Tucumán, mi provincia, se está pagando ahora por la carne vacuna veinte por ciento más que hace dos semanas. Más de una vez, describí a pasmados amigos de otras latitudes que los obreros argentinos de la construcción almuerzan tiras de asado en parrillas que se improvisan al aire libre. Tendré que corregir esa historia, porque el precio de la carne está corriendo una maratón que nadie sabe cómo termina, y la escena del almuerzo de los albañiles pronto será territorio de la ficción. Al fútbol es ya mejor imaginarlo que verlo en los estadios. Las entradas generales para los partidos de primera división han subido de catorce a veinticuatro pesos: un precio altísimo para afrontar las lluvias salivales de las tribunas altas, esquivar los proyectiles, caer aplastado por el fervor de los barrabravas, volver a buscar los pies (no los zapatos: los pies) que se perdieron a la salida de la cancha en las estampidas de los rezagados. Ahora que me doy cuenta, no sé en qué tribuna ha quedado mi billetera. Lo peor es advertir que algunos consumos de primera necesidad cuestan en Nueva Jersey menos que en Olivos o en barrios privados, pese a que los salarios promedio son allá dos a tres veces mayores. Las señoras que limpian las casas reciben en Nueva Jersey diez veces más por hora que en Buenos Aires. Todos se quejan en los Estados Unidos del precio de la nafta. En la Argentina, donde se gana mucho menos, la nafta vale casi lo mismo. La inflación incesante que día tras día venía a mi encuentro en Buenos Aires dejó de alarmarme cuando el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, declaró que la situación está bajo control y que nada se debe temer. Aun más tranquilo me sentí cuando el vicepresidente Julio Cobos aclaró las falsas ideas que me hice al comparar la última factura que pagué al supermercado antes de partir, en diciembre, con la primera de este mes de marzo. Aquella vez había gastado poco menos de 300 pesos. Los mismos productos me costaron, al regresar, 390. Algo debía de estar equivocado en mí. Quizá mi lucidez estaba decayendo, quizá mis sentidos eran menos confiables. O, como prefirió diagnosticar el vicepresidente, la inflación es sólo una sensación. Fui al mercado coreano próximo a mi casa para verificar cómo andaba mi sensación térmica de la inflación. Fui con los últimos índices del secretario Moreno y, antes de pagar la inverosímil cuenta, se los mostré a la cajera. La joven coreana que está siempre allí y es por lo común servicial y amable me observó con asombro, como si yo regresara de otro planeta, lo que tal vez sea cierto. “Estos números no sirven”, me dijo. “¿Cómo que no sirven? Son los números del Gobierno –le repliqué–. Los números del señor Moreno.” “Señor Moreno acá no existe”, dijo la cajera. Y no sé por qué en su voz me pareció advertir un eco remoto de la voz del contador de Primera Plana, hace cuarenta años: “La realidad no existe”.
Estas cosas contradicen las lecciones de Perón. El fundador del partido del gobierno estableció en su tiempo que en la Argentina todo debía ser previsible y que la única verdad era la realidad. Ahora, la realidad se ha ido a otra parte, y quizá haya verdades que se van con ella. La historia pasa, se transforma, mientras el peronismo se transforma, pero no pasa.